miércoles, 22 de mayo de 2013

Día 100

La mañana del centésimo día de viaje me encontró en un hotel de La Oroya, Perú; justo frente a la casa en la que creció mi papá.

La Plaza Dorrego me parece ahora tan lejana... Pienso en el atardecer de Montevideo, en los pingüinos y el viento patagónico, en los glaciares que sobreviven apenas, en los lagos cristalinos, en el Fitz Roy y su enorme sonrisa de nieve y en el río que nos arrastraba directamente hacia las rocas.

Pienso en Talca, en las calles empinadas de Valparaíso y en las inmensas olas de Viña del Mar.

Pienso en la majestuosa Cordillera de los Andes, en la Quebrada de las Conchas, en los cerros pintarrajeados del norte argentino, en la luna tucumana, en el pantano en que me hundí aquel día fatídico y en las aterradoras y bellísimas carreteras sudamericanas.

Pienso en el brillo del salar, en las lagunas atestadas de flamencos, en el agua termal, en la oscuridad del interior del Cerro Rico de Potosí, en ese maravilloso hueco que es La Paz y en las miradas de la gente que no se cansa de observar a los locos que bajan por la pared verde del Hotel Presidente.

Pienso en cómo mi miedo se fue quedando en el Camino de la Muerte. Veo las nubes de Coroico, el camino que atraviesa la Isla del Sol, la luna llena sobre las islas de los uros y la cara del tipo que me llevó a ver el amanecer desde el Titicaca en su balsa de junco.

Pienso en mi llegada a Perú, en la plaza de armas de Cuzco, en las enormes piedras talladas de Saycsahuaman, en la emoción de sobrevolar la selva con los brazos abiertos y en esos primeros segundos en que Machu Picchu estuvo ante mí después de casi 20 años.

Pienso en los interminables hostels, en los baños compartidos, en el cansancio, en la ropa sucia y en mi mochila que está a punto de explotar. Pienso en la soledad que ha sido tan buena conmigo, en los ataques de risa y en el montón de locos que me han recordado lo chida que puede ser la gente.

Pienso en los cóndores que sobrevuelan el Cañón del Colca, en los caminos en que me he perdido, en las montañas que me han dejado sin aliento, en mis rodillas maravillosas y en esa sensación de poder y fuerza que a veces me colma a pesar de mi fragilidad.

Pienso en la avioneta que se inclinaba sobre las líneas de Nazca, en los gritos de emoción que hacían eco en las dunas de la Huacachina, en el mar de Lima, en mis raíces aguerridas...

Y, como siempre, pienso en ti.



martes, 9 de abril de 2013

Día 57- Los perros

Parece que para acceder a un nuevo mundo bastan cinco cuadras.

A las 4 de la tarde me despedí de Argentina y crucé la tan temida y ansiada frontera boliviana. ¡Nada como caminar a través de una frontera!

Después de sólo unos pasos comienzan a aparecer los colores: trajes típicos, pequeños mercados, platos desconocidos... Y la gente es tan reservada que apenas parece notar la presencia de los viajeros.

Fue un logro encontrar mi asiento entre las mantas repletas de objetos insospechados que obstruían el pasillo del camión, mientras sus dueños se acomodaban en caótica calma. Y por supuesto no faltaban la niña cantora ni el vendedor de garnachas andinas. El conjunto era muy nepalí, y el mochilero indio que me acompañaba lo hacía todo más dramático.

Una vez instalados salimos a cenar, y fue entonces que ocurrió algo horrible y maravilloso: Había unos 20 perros que caminaban en grupo en dirección opuesta a nosotros y, justo cuando pasamos, dieron media vuelta y, muy en casual, empezaron a seguirnos. Cuando menos nos dimos cuenta estábamos rodeados de perros que se peleaban entre ellos y (por qué no) nos usaban como escudo humano.

Justo cuando creíamos haber escapado volvían a aparecer como por arte de magia, nos veían con sus ojitos desencajados. Y cada vez había más colmillos, más gruñidos.

La desesperación nos hizo entrar en una pizzería (y a ellos con nosotros) y no pasó más de un segundo antes de que apareciera un pequeñísimo ejército de doñitas que, armadas hasta los dientes con escobas y cubetas llenas de agua, los ahuyentaron como quien empuña una estaca o un crucifijo en defensa de su vida. ¡Parece que es el pan de todos los días!

La pizza estaba buena, los perros no pararon de ladrar en toda la noche y los ataques de risa nerviosa todavía se me vienen de rato en rato. ¡Bienvenida a Bolivia!

martes, 26 de marzo de 2013

Día 43- ¡Aconcagua!

Hoy el Aconcagua trascendió su papel de respuesta comodín en nuestros juegos chapaleros de Maratón y se convirtió en un mundo que, coronado por glaciares, se alzaba ante mis ojos.

Cuando pensaba en la Cordillera de los Andes (con sus muy merecidas mayúsculas) me imaginaba enormes montañas nevadas, grises; pero había olvidado su carácter latinoamericano y ni queriendo hubiera podido imaginarme esos inmensos cerros terrosos que te envuelven de rojo, verde, rosa, azul, morado, amarillo y tinto.

A las 6 de la mañana tomé un colectivo hacia el Parque Provincial Aconcagua y llegué ahí atravesando el mismo camino que me trajo desde Valparaíso en una imponente noche estrellada en la que las siluetas prometían. Es por mucho el camino más lindo que he recorrido, y el camión se abre paso entre los Andes a través de túneles que casi milagrosamente sostienen las montañas.

A diferencia de otras caminatas en que la recompensa está en la meta, ésta te quita el aliento a cada paso. Cuando abrumada por tanta belleza creía haberlo visto todo, mis ojos encontraban un nuevo rincón, una montaña más, un amarillo más intenso, una liebre corriendo desesperada, un perfil en las rocas... Y al fondo siempre el Aconcagua, como centinela de la cordillera.

Caminaba casi bailando, casi llorando, casi rezando; sin poder ni querer controlar la infantil necesidad de avanzar dando vueltas y llenarme así de esa majestuosidad de 360 grados que parecía tan inverosímil.

Y las montañas eran sólo para mí, había tan poca gente que me bastó con seguir mis propias huellas para encontrar el camino de regreso. Me despedí de los Andes (por ahora) llena de gratitud, de esa alegría que tanto buscaba (y no porque la alegría no esté en todas partes, sino porque uno es trincado). Hubiera querido quedarme siempre ahí, rodeada de montañas en el que hasta ahora ha sido mi lugar favorito del viaje.

Llegué a la terminal de Mendoza casi a las 12 de la noche y, aunque estaba muerta, la emoción no me dejaba dormir ¡así las cosas!




martes, 12 de marzo de 2013

Día 29- Inside!

Después de muchas experiencias que bien ameritaban una entrada pero que sólo me dejaron la energía necesaria para tomarme una chela y vegetar en el hostel en turno (donde nunca falta el aburrido que te empieza a contar su vida justo al inicio del párrafo), por fin me propuse publicar algo.

Todo empezó con los siete gatos sentados en la balsa mientras el guía nos explicaba, a manera de aeromoza, cómo remar (y la balsa giraba sobre su propio eje) o qué hacer en caso de caer al agua.

El Río Manso nace en un glaciar y corre hasta el Pacífico, así que el agua estaba terriblemente fría. Había rocas por todas partes y no faltaba el árbol que asomaba sus ramas como por joder y entretenerse un rato. Pero a pesar del pánico insertado, nadie se cayó de la balsa.

Cada rápido se veía más imponente que el anterior, y en el agua se formaban remolinos y caídas que inclinaban la balsa y la hacían saltar hacia todas partes.

Cuando las cosas se ponían feas (en un momento chocamos contra una roca que estaba justo de mi lado, y gracias al cielo que el agua es potable), el guía gritaba “inside!” y todos brincábamos como desesperados dentro de la balsa. Y era entre aterrador y ridículo (y mi traje de neopreno tenía un hoyo justo en la nalga), pero igual era nuestro momento de mayor coordinación.

Cuando las cosas se calmaban un poco nos tirábamos al agua y nos dejábamos llevar por la corriente, nos envolvían un cañón lleno de árboles y un cielo muy azul.

El recorrido terminaba en Chile y al llegar al final daban ganas de volver a empezar, pero igual estábamos cansados y muertos de frío así que mejor nos tomamos una chela todos juntos. Y todos eran re amenos.

Nota: Como no iba a perder el tiempo preocupándome por mi cámara y esto se ve muy pinche sin foto, les dejo una del glaciar donde nace el Río Manso.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Día 17- Simplicidad

Sin importar cuán majestuosa sea, a veces la naturaleza parece tan simple...

Hay momentos en que algo se detiene dentro de nosotros y, por mucho que nos hayamos alejado de la realidad, nos damos cuenta (o más bien presentimos) que los lagos, las montañas y los glaciares están también en nuestro interior, que pertenecemos a la tierra.

Ésta es la realidad, no los supermercados, ni las fábricas, ni el destructivo juego de trabajo y consumo (en el mejor de los casos) que nos hemos tomado tan en serio. La realidad es el viento, los pingüinos, el hermoso glaciar Perito Moreno que de alguna manera ha sobrevivido a nuestra inconsciencia y que hoy conocí: mi primer glaciar y con él la inspiración, la absoluta simplicidad.

El camino hacia el glaciar está lleno de lagos de un azul blanquecino (y ni domingo es), casi metálico. A cada vuelta nos esperaba una sorpresa: un lago más, montañas nevadas, nubes que casi puedes tocar y, al final, el Pepito.

Había oído tantas historias y visto tantas fotos que casi dudé que me impresionara (¡ilusa!) pero por poco me caigo de espaldas, por poco se me salen las lágrimas. Es uno de los lugares más lindos que he visto, está lleno de vida y es un escandaloso: cualquier hielito que cae desata un concierto de truenos y crujidos.

Lo mejor fue que tuve tiempo de subir y bajar por las pasarelas tomándome unas auto fotos horrendas ante las miradas de montones de franceses, pero también tuve tiempo de sentarme a verlo y nada más.

¡Mañana voy a caminar sobre él!



viernes, 22 de febrero de 2013

Día 12- El viento viene, el viento se va

Dicen que en la Península de Valdés es más probable ver una orca que tener un día de lluvia, pero yo siempre he sido una mujer con suerte.

La historia comienza a las 5 de la mañana, cuando la dueña del hostel llegó borracha y hablando a gritos, ella muy profesional. Desde ahí no pude dormir mucho.

A las 10 pasaron por mí para ir a recorrer la península. Primero fuimos a Punta Norte, el lugar donde se reproducen los lobos marinos y, de vez en cuando, se ven las orcas, pero no hoy.

Después de un rato de ver cómo jugaban los bebés y soñar con que una orca llegara a devorárselos, seguimos nuestro camino por Caleta Valdés y llegamos a Punta Cantor, donde hacía un frío espantoso pero el paisaje estaba lindo y había unos cuantos elefantes marinos.

También vimos un grupo de pingüinos que pasaban el tiempo rascándose, caminando por ahí o agarrándose a las palabras en su discordia por alguna cuevita.

La camioneta se patinaba en el lodo pero llegamos sanos y salvos a Puerto Pirámides, que hasta ayer era una playa paradisiaca llena de gente, kayaks y hasta pingüinos nadando, y hoy es un mar agitado, frío y sin un alma.

Aunque ya tenía el traje de baño listo, al final no me quedó más que meterme a mi cama (¡son las 5 de la tarde!) a luchar con el frío y el internet que, como el viento, viene y se va. El pueblo está muerto y estoy un poco sin saber qué hacer.

Mañana me voy de regreso a Puerto Madryn, parece que queda mal clima para rato.

lunes, 11 de febrero de 2013

Día 1- El cajero automático

Anoche llegué a Buenos Aires después de un año de espera y estoy feliz a pesar de la mochila ROTA (sí, así como lo leen), los cajeros inservibles y la consecuente falta de dinero, la mujer que se desmayó en el camión, el hotel que sobrepasaba mi presupuesto y el hostel que sobrepasa mi capacidad de tolerancia al arrabal, los enchufes de tres clavijas, el rastudo espantoso que insiste en hablarme en no sé qué idioma, los mosquitos y, por supuesto, los imprevistos días festivos que me impiden resolver casi todas las anteriores.

"No sé con que fuerza me zafé de sus brazos" y el miedo no desapareció al tocar tierra como ilusamente había creído, es hasta ahora que descubro que el verdadero reto no fue el año de encuentros y desencuentros que recién dejé atrás, mi verdadero reto empieza hoy.

Merece una mención honorífica la puerta del cajero que se cerró misteriosamente tras de mí y, por supuesto, mi argentino favorito que se detuvo a liberarme (a patadas) de mi pecera urbana.

¡Qué viva Buenos Aires! Estos argentinos son mucho más amables y sencishitos de lo que dice su reputación :)