martes, 9 de abril de 2013

Día 57- Los perros

Parece que para acceder a un nuevo mundo bastan cinco cuadras.

A las 4 de la tarde me despedí de Argentina y crucé la tan temida y ansiada frontera boliviana. ¡Nada como caminar a través de una frontera!

Después de sólo unos pasos comienzan a aparecer los colores: trajes típicos, pequeños mercados, platos desconocidos... Y la gente es tan reservada que apenas parece notar la presencia de los viajeros.

Fue un logro encontrar mi asiento entre las mantas repletas de objetos insospechados que obstruían el pasillo del camión, mientras sus dueños se acomodaban en caótica calma. Y por supuesto no faltaban la niña cantora ni el vendedor de garnachas andinas. El conjunto era muy nepalí, y el mochilero indio que me acompañaba lo hacía todo más dramático.

Una vez instalados salimos a cenar, y fue entonces que ocurrió algo horrible y maravilloso: Había unos 20 perros que caminaban en grupo en dirección opuesta a nosotros y, justo cuando pasamos, dieron media vuelta y, muy en casual, empezaron a seguirnos. Cuando menos nos dimos cuenta estábamos rodeados de perros que se peleaban entre ellos y (por qué no) nos usaban como escudo humano.

Justo cuando creíamos haber escapado volvían a aparecer como por arte de magia, nos veían con sus ojitos desencajados. Y cada vez había más colmillos, más gruñidos.

La desesperación nos hizo entrar en una pizzería (y a ellos con nosotros) y no pasó más de un segundo antes de que apareciera un pequeñísimo ejército de doñitas que, armadas hasta los dientes con escobas y cubetas llenas de agua, los ahuyentaron como quien empuña una estaca o un crucifijo en defensa de su vida. ¡Parece que es el pan de todos los días!

La pizza estaba buena, los perros no pararon de ladrar en toda la noche y los ataques de risa nerviosa todavía se me vienen de rato en rato. ¡Bienvenida a Bolivia!