Hoy el Aconcagua trascendió su papel de respuesta comodín en nuestros juegos chapaleros de Maratón y se convirtió en un mundo que, coronado por glaciares, se alzaba ante mis ojos.
Cuando pensaba en la Cordillera de los Andes (con sus muy merecidas mayúsculas) me imaginaba enormes montañas nevadas, grises; pero había olvidado su carácter latinoamericano y ni queriendo hubiera podido imaginarme esos inmensos cerros terrosos que te envuelven de rojo, verde, rosa, azul, morado, amarillo y tinto.
A las 6 de la mañana tomé un colectivo hacia el Parque Provincial Aconcagua y llegué ahí atravesando el mismo camino que me trajo desde Valparaíso en una imponente noche estrellada en la que las siluetas prometían. Es por mucho el camino más lindo que he recorrido, y el camión se abre paso entre los Andes a través de túneles que casi milagrosamente sostienen las montañas.
A diferencia de otras caminatas en que la recompensa está en la meta, ésta te quita el aliento a cada paso. Cuando abrumada por tanta belleza creía haberlo visto todo, mis ojos encontraban un nuevo rincón, una montaña más, un amarillo más intenso, una liebre corriendo desesperada, un perfil en las rocas... Y al fondo siempre el Aconcagua, como centinela de la cordillera.
Caminaba casi bailando, casi llorando, casi rezando; sin poder ni querer controlar la infantil necesidad de avanzar dando vueltas y llenarme así de esa majestuosidad de 360 grados que parecía tan inverosímil.
Y las montañas eran sólo para mí, había tan poca gente que me bastó con seguir mis propias huellas para encontrar el camino de regreso. Me despedí de los Andes (por ahora) llena de gratitud, de esa alegría que tanto buscaba (y no porque la alegría no esté en todas partes, sino porque uno es trincado). Hubiera querido quedarme siempre ahí, rodeada de montañas en el que hasta ahora ha sido mi lugar favorito del viaje.
Llegué a la terminal de Mendoza casi a las 12 de la noche y, aunque estaba muerta, la emoción no me dejaba dormir ¡así las cosas!


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